A veces, cuando uno lee a Lovecraft, especialmente algunos de los relatos que forman parte de lo que se ha dado en llamar los mythos (a pesar de que Lovecraft nunca hizo agrupaciones de sus relatos, ni tiene nada que ver con el destrozo que algunos de sus supuestos seguidores y los juegos de rol han hecho con su obra) uno tiene la impresión de estar frente a una reelaboración constante de situaciones, discursos y temas, como si el maestro de Providence hubiese andado buscando durante sus últimos años el relato perfecto de terror cósmico. Ese relato bien podría ser este The Whisperer in Darkness, que coge lo mejor de The Color out of Space y de The Dunwich Horror, y lo combina con algunos dejes que recuerdan a los viajes cósmicos de ilimitada imaginación de sus relatos primerizos de las Deamlands, y además dando con la extensión perfecta, unas setenta páginas.
Hay muchas razones para hablar de éste como de uno de sus mejores relatos. Para empezar, y a pesar de lo dicho arriba, quizá sea el primer relato de pura ciencia ficción salido de la pluma de Lovecraft, y, al mismo tiempo, de todas sus historias es en esta donde la sensación de tensión y quizá incluso de terror se apoderan con más fuerza del lector. Es este su relato de terror más alejado de las premisas góticas, dejando de lado incluso ese aire mítico y mágico que no deja de respirarse en los mythos, y por supuesto a años luz de sus fantásticos relatos primerizos, inspirados en Poe y en Dunsany. The Whisperer in Darkness es probablemente el relato arquetípico del terror cósmico. No hay nada sobrenatural, y si hay algo que no pueda ser explicado, se achaca simplemente a las limitaciones de los sentidos humanos. Incluso el discurso de la última carta de Akeley sobre la posibilidad de los viajes espaciales con la ayuda de los mi-go (que tanto me recuerda a los viajes onírico-cósmicos de relatos como The White Ship de 1919, o del genial The Dream-Quest of Unknown Kadath, del 27) es más típico de un relato de ciencia-ficción que no de uno de terror, y, sin embargo, el fondo del discurso es de una fuerza mística tal que recuerda obligadamente a sus relatos oníricos. Fondo que encaja además perfectamente con la clave del terror cósmico: la pequeñez y la indefensión del ser humano frente al cosmos infinito e inconmesurable. Y es esa la grandeza de Lovecraft, porque a pesar de todo hay algo de real en sus relatos, y es ahí donde reside la clave de su terror. Por supuesto, no hay ningun puesto de viajes interplanetarios en Plutón, ni existen los mi-go, e incluso todos los mythos suenan algo ridículos sacados del contexto de los relatos, y sin embargo el maestro de Providence acerca al lector a esas regiones inexplorables de la existencia, y hace que de alguna forma estén presentes en su vida, aunque sea llenando los inmensos huecos de la única forma posible, con la imaginación.
Para concluir, a pesar de que la estructura del relato es en todos los sentidos típicamente lovecraftiana (empieza con la típica confesión del protagonista alienado, apenas hay diálogos y cuando los hay son largos discursos, parte del relato se cuenta a través de la minuciosa transcripción de cartas, el argumento se centra en un profesor universitario y un erudito anacoreta que vive en un bosque donde ocurren sucesos extraños, etc.) su originalidad, que radica en lo descrito en el párrafo anterior, sumada a su duración perfecta y los pasajes de la descripción de Vermont y de lo sucedido en casa de Akeley, así como el discurso de la última carta, hacen de este relato algo inolvidable.
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