jueves, 11 de junio de 2009

Battlestar Galactica, inolvidable.

Lo primero que voy a escribir tras acabar Battlestar Galactica no es una crítica, porque ha trascendido el estatus de producto o serie de televisión para convertirse en una de las mejores historias de mi vida. Lo que se ha hecho con la última temporada de Galactica es algo excepcional, es pura literatura. Esos últimos 60 minutos que no tienen precio y que han hecho de esta una de las mejores experiencias que he tenido delante de una pantalla o de un libro, algo que dudo vaya a repetirse en muchos, muchos años, tantos como los que ha tardado en llegar esta vez. Hay pocas historias que consigan lo que Galactica ha conseguido, que no es tenerme llorando, dando saltos de emoción, o agarrándome a la silla de los nervios intermitentemente durante algo más de 40 horas en los últimos meses, sino hacer de ella misma una de las experiencias de la vida, erigirse como uno de los representantes de una de las cosas que hacen que siga levantandome cada mañana: el placer de conocer historias, en el formato que sea, y enamorarse de ellas, querer a sus personajes, hacerles un hueco en lo más profundo, cederles tu propia vida durante un tiempo, y sentir así algo único, importante y auténtico.
He de agradecer, aunque sea desde aquí, a Ronald D. Moore su trabajo en una de las mejores historias que la ciencia ficción o la televisión han conocido jamás, por no rendirse a la comercialidad, y por atreverse a dar un significado teísta a la historia, decantando la balanza claramente a favor de la fe, en uno de los finales más bonitos que he conocido jamás; sin olvidarme, señor Moore, de todos esos entrañables fraks. También debo quitarme el sombrero ante algunos actores en particular, que han hecho algo casi mágico, Edward James Olmos, Mary McDonell, James Callis, Katee Sackhoff y Michael Hogan. Gracias a Bear McCreary por una banda sonora acojonante. Y por último, y lo más importante, los personajes, que parece mentira que no existan realmente, sino de algún modo indefinible: Boomer, Helo, Hot Dog, Dianna, Cottle, Caprica Six, Athena, Billy, Dee, Cally, Gaeta, Galen, Sam, Tory, Dee, Zarek, Leoben, Racetrack, Kat, todos los que me olvido y sobre todo: Apollo, Bill, Adama, Kara Thrace y su destino, Roslin, y Gaius Baltar. La mayoría de ellos no son los personajes más originales de la historia (excepto Gaius Baltar), pero puede que sí los más entrañables. Bill, Roslin, Kara y Baltar, en concreto, no creo que los vaya olvidar en muchos, muchos años.Quién me iba a decir que esta serie de ciencia ficción tan correcta y agradable, con su ritmo lento pero incesante, iba a acabar calando tan, tan hondo.
Pero esto no se acaba aquí, una historia como esta merece ser contada más de una vez, porque hay muchísimas cosas que ver. Es el final de la primera vez, sin duda la más impactante, pero no os váis a librar fácilmente de mí, y cuando, de aquí a unos años, sea capaz de crear algo digno podré decir que nombres como Galactica, Kobol, las Doce Colonias, los Cylons, o ese sueño inalcanzable que es la Tierra, habréis contribuido a ello de una forma especial.
Poco más puedo añadir ahora mismo. Gracias a los que han hecho esto posible y So Say We All.


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